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Martes 26 de Diciembre de 2006

Cuando la educación se transforma…

11:28 h | Artículos,Libros | Maria | Trackback

secundaria.jpgLa docencia es una de los trabajos más bellos y apasionantes que pueda haber. Sin embargo no alcanza a emular suficientemente la tarea de educar y criar a un hijo.

Soy profesor de Ética y de Filosofía en un Instituto de Enseñanza Secundaria, también soy padre de tres hijos. Mi tarea y mi responsabilidad como docente acaba mucho antes de interferir en la libertad de los padres para educar a sus hijos en sus propias convicciones morales.

Nunca he adoctrinado -bien lo saben mis alumnos-: explico con la misma pasión a Nietzsche y a Tomás de Aquino. Sin embargo la reforma del sistema educativo que se avecina parece contradecir este principio fundamental de la libertad.

Cuando se empezó la aplicación de la Logse, al principio sólo teníamos sospecha de que, junto a algunos aciertos (las adaptaciones curriculares y la atención a la diversidad por ejemplo), nos exponíamos a gravísimos errores.

Desgraciadamente, ahora la práctica totalidad de los compañeros con los que trabajo tiene una certeza dolorosamente adquirida: tal vez algún pedagogo de despacho siga pensando que la Logse educa, pero nuestra experiencia es exactamente la contraria.

Sin embargo la nueva reforma educativa no sólo no corrige los gravísimos errores anteriores sino que, con la obstinación propia de los peores sistemas ideológicos abunda en los mismos y -por difícil que parezca- los supera: pretender la titulación con un suspenso más, regularizar el «derecho» a hacer novillos mediante asamblea (!) y, lo que resulta más inquietante: quitar horas a asignaturas fundamentales para dedicarlas a una especie de enseñanza de «religiosidad laicista» que se intenta imponer de modo obligatorio: Educación para la ciudadanía.

Nadie puede estar en contra de la enseñanza de los valores democráticos. Lo cuestionable es el modo en el que se quiere llevar a cabo. A través de esta «educación» el Gobierno pretende imponer a la nueva generación (que, por cierto, es la de mis hijos) su propia moral y convicciones: no hay verdadera revolución ideológica si ésta no se inyecta desde los primeros años de la educación.

Pero aquí han pinchado en hueso, señores gobernantes. Ningún poder civil tiene autoridad para educar a mis hijos. La educación es responsabilidad insustituible de los padres porque educar es conducir a alguien en el amor a la vida, en su bondad y belleza y esto sólo es posible cuando el educador pone su corazón en el educando.

El Estado sólo puede colaborar con los padres; el Estado por sí mismo no tiene ninguna autoridad para educarlos porque no los ama, porque ellos (mis hijos y los hijos de mis amigos) no son un fin para el Estado sino un medio para sus más que cuestionables fines.

Y han pinchado hueso porque, como docentes hemos aguantado estoicamente la devaluación de sistema educativo, su falta de calidad y de rigor formativo, la pérdida de autoridad; pero no estamos dispuestos a que se metan como si tal cosa en la intimidad de la educación moral de nuestros hijos. Hasta ahí podíamos llegar.

Pueden estar seguros, señores responsables del sistema educativo que esta batalla la lucharemos -profesionalmente- a muerte. Sin embargo sigo creyendo en la exigencia de honestidad del corazón humano. Del corazón de todo ser humano, también de aquellos que mientras intentan adoctrinar a los hijos de los demás, llevan a los suyos a colegios católicos de nuestra región.

Me siento solidario con sus buenos deseos, y también deseo con absoluta sinceridad lo mejor para ellos. Pero, por favor se lo pido, se lo suplico y, en nombre de la libertad, se lo exijo: no intenten adoctrinar a mis hijos.

Fernando López Luengos

Doctor en Filosofía

Publicado en abc.es