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Lunes 27 de Noviembre de 2006

Educación para la Progresía

22:51 h | Artículos,Libros | Maria | Trackback

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La nueva asignatura de Educación para la Ciudadanía tiene entusiasmados a los padres que llevan a sus hijos a la escuela pública, es decir, la mayoría excepto los políticos, que llevan a sus retoños a colegios privados en los que, en lugar de las virtudes del diálogo y el talante, se les enseña con gran crueldad matemáticas, álgebra y física.

Con la tradición de resultados académicos de la enseñanza pública española, los hijos de la famélica legión seguirán sin saber hacer la “o” con un vaso boca abajo (con los canutos hace maravillas cualquier adolescente), pero saldrán de la ESO convertidos en ciudadanos modélicos, según el concepto de ciudadanía de los organizadores de algaradas en plena jornada de reflexión electoral a las puertas de los partidos políticos rivales. Más que para declararse objetor de conciencia en lo que respecta a esa asignatura, es el argumento definitivo para salir huyendo de la escuela pública.

La demolición de los pilares básicos en que debe fundamentarse el proceso educativo (esfuerzo, disciplina y rigor académico) fue tan sólo, ahora lo vemos, la primera fase de la obra del progresismo español, incrustado en las estructuras educativas desde que los socialistas empezaron su tarea de dejar España irreconocible hasta para su señora madre.

Creíamos que con destruir el futuro académico de un par de generaciones de españoles se darían por satisfechos, pero la izquierda no suele dejar ningún trabajo a medias, y éste no iba a ser la excepción.

Una vez despejado el solar de la enseñanza estatal hasta del último cascote de lo que una vez representó la EGB, toca levantar el nuevo edificio de un modelo formativo que ya no tiene como principal objetivo la transmisión de conocimientos, sino la construcción de un nuevo ciudadano que asuma con desenvoltura los tópicos ideológicos patrocinados por la izquierda desde siempre.

Es curioso leer a los exegetas de la nueva asignatura sus ditirambos hacia la aurora educativa que se anuncia con la implantación de la Educación para la Ciudadanía, especialmente su entusiasmo por los grandes beneficios que va a tener para los centros escolares en términos democráticos.

Y es que para los diseñadores de esta pequeña revolución dentro de otra revolución mayor la escuela no es un lugar estructurado jerárquicamente al que se va a aprender, sino una corporación pública de la señorita pepis en la que han de reproducirse a pequeña escala los mecanismos de la democracia parlamentaria.

Antes, los padres enviaban sus hijos a la escuela para que se desasnaran aprendiendo; ahora lo hacemos para que se formen en las virtudes de la cultura asamblearia. Ya no hay un maestro que enseña y un alumno que aprende, sino una comunidad educativa en régimen de autogestión, donde las decisiones, incluso las que sólo competen al magisterio, son adoptadas en función de la aritmética democrática de cada momento.

En una famosa película de submarinos el personaje del comandante, protagonizado por Gene Hackman, se enfrentaba a un conato de motín de sus oficiales, que estaban en desacuerdo con algunas de las decisiones adoptadas por su superior. En un momento dado, el primer oficial (Denzel Washington) se encara con Hackman y le dice que la opinión mayoritaria entre la marinería es contraria a la suya, a lo que el comandante le responde: “Hijo, estamos aquí para defender la democracia, no para practicarla”. Y ahí se terminó la discusión.

La democracia es un simple mecanismo para cambiar pacíficamente de gobernantes, no un principio que haya de estructurar las relaciones privadas entre los seres humanos. En las familias hay algo que se llama “principio de autoridad”, en virtud del cual los padres mandan y los hijos obedecen. Por eso no es de extrañar que muchos progenitores (A y B) acojan con prevención la implantación de una asignatura que, por lo que se avizora, no va precisamente a reforzar los conceptos de obediencia, disciplina y esfuerzo de superación, conceptos reaccionarios según la jerga pedagógica, sí, pero que han demostrado su eficacia para formar a generaciones enteras de ciudadanos responsables, muchos de los cuales lo son en tanta medida que jamás arrojarían un camión de estiércol a las puertas de un partido político contrario a sus ideas. Por otra parte, hay que ver la manía del zapaterismo por utilizar los sustantivos como si fueran adjetivos. Porque el concepto de ciudadanía no tiene ninguna connotación moral, a menos que vaya seguido de un adjetivo que lo califique. Hay ciudadanía que sale a la calle a apedrear sedes de los partidos de la oposición o a apalear a sus candidatos y hay ciudadanía que se monta en un autobús un sábado por la mañana y recorre 500 kilómetros para acudir a una manifestación en defensa de las dignidad de los asesinados por una banda terrorista. ¿Cuál de estas posibilidades va a promocionar la nueva asignatura? Una pista: la primera opción es la considerada oficialmente como progresista.

Pablo Molina

Publicado en Libertad Digital